Sobre sobre un escrito de Kevin B. Anderson: Marx, el racismo y los movimientos progresivos de la historia

Este texto es un apretado resumen de uno de los capítulos de la obra de Kevin B. Anderson, Marx en los Márgenes. Su importancia radica en el análisis que Carlos Marx hizo sobre la relación entre las categorías sociológicas de raza y clase, así como la incorporación de dicha relación en el modo de producción capitalista. Por supuesto, en Bolivia tanta teorización resulta redundante, en vista de toda la experiencia registrada sobre la explotación del indio antes y hasta mucho después de la fundación de la República. No obstante, resulta útil para estos días meditar sobre la posición de Marx respecto a la esclavitud negra en tiempos en que la aceptación popular de dicha institución ponía a prueba incluso a los intelectuales más progresistas del siglo XIX.

Comencemos señalando que el capítulo en cuestión titula “Raza, clase y esclavitud: La Guerra Civil como una segunda Revolución Americana”, y es un análisis de los escritos del padre del socialismo científico durante un suceso de suma importancia en la historia de los EE.UU., donde los estados del Norte se enfrentaron contra los estados del Sur para abolir la esclavitud del hombre negro.

A lo largo del capítulo podemos agrupar las fuentes del autor en dos categorías: Escritos periodísticos de Marx para el Tribune, de Inglaterra, y el Die Presse, de Alemania; y cartas de Marx a Engels, familiares y a personajes del momento, entre los cuales resalta Abraham Lincoln. Al mismo tiempo, se pueden distinguir tres dimensiones en toda esta labor intelectual de Marx: Un análisis político y militar, un análisis económico y social, y, finalmente, la adopción de una firme y militante posición a favor del Norte y en contra de la esclavitud.

Lo político y militar

En el plano político y militar se destacan tres aspectos de su análisis.

  1. La falta de resolución de los estados del Norte para abolir la esclavitud, que contrastaba con la determinación del Sur para sostenerla y expandirla.
  2. El alineamiento de las fuerzas progresivas de Europa y su clase obrera en contra de los estados del Sur y a favor de la abolición de la esclavitud.
  3. La capacidad de la clase trabajadora inglesa para influir en la política exterior de su gobierno, en el cual algunos miembros de la aristocracia esperaban intervenir en la Guerra Civil a favor de los estados del Sur y, por lo tanto, perpetuar el empleo de mano de obra esclava.

Respecto al primer punto, llama la atención que Marx se mostraba mucho más optimista que Engels sobre a los sucesos que se desarrollaban al otro lado del Atlántico. Mientras Engels condenaba los mediocres esfuerzos de Lincoln y los unionistas para ganar la guerra y acabar con la esclavitud, Marx consideraba que los factores políticos influirían en los aspectos militares de tal forma que al final sería el Norte el triunfador. En una carta de respuesta a su fiel amigo del 7 de agosto de 1862, Marx expresa que, “No comparto completamente tus opiniones sobre la Guerra Civil Americana. No creo que todo haya acabado… Desde mi punto de vista, todo esto dará otro giro. El Norte finalmente emprenderá la guerra seriamente, adoptará métodos revolucionarios y derrocará la dominación de los estados esclavistas de la frontera. Un solo regimiento de negros tendría un efecto resaltable en los nervios de los estados sureños”.

Marx encuentra una explicación a la inicial actitud dubitativa del Norte para abolir la esclavitud. En otra carta a Engels en agosto de 1862, Marx sostiene que el comportamiento del Norte no es sorprendente en vista de que se trata de, “una burguesía republicana donde la estafa ha sido entronada por tanto tiempo. Mientras que en el Sur, una oligarquía, resulta más adecuada para la guerra, porque es una oligarquía, donde todo el trabajo productivo es hecho por negros, mientras que 4 millones de “basura blanca” son filibusteros de profesión”.

Además, como analizaremos más adelante, el Sur estaba peleando en realidad por la expansión de la esclavitud por todo el territorio estadounidense y no por su sola perpetuación en el Sur. La esclavitud era, después de todo, el principal factor de producción para la burguesía terrateniente de esa región, un pilar fundamental de su economía.

En ese mismo documento, Marx le aconseja a Engels no atenerse solamente al aspecto militar de las cosas. Al final, la percepción de Marx resultaría la correcta, con el Norte triunfando sobre el Sur aunque sin recurrir a “métodos revolucionarios” como una insurrección negra en medio de la guerra o batallones con soldados de ese color.

Respecto al segundo y tercer punto, en un artículo para el Tribune del 7 de noviembre de 1861, Marx relata que, “El verdadero pueblo de Inglaterra, de Francia, de Alemania, de Europa, considera la causa de los EE.UU. como su propia causa, como la causa de la libertad, y… a pesar de toda sofistería pagada, consideran el suelo de los EE.UU. como el libre suelo de millones de europeos sin tierra, como su tierra prometida, que debe ser defendida ahora con la espada en la mano, de la sórdidas intenciones del esclavista… En esta lucha la mayor forma de autogobierno popular hasta ahora realizada está dando batalla a la más baja y desvergonzada forma de esclavitud humana registrada en los anales de la historia”.

Un tiempo después, esta posición de la clase obrera europea (y en particular la inglesa) se haría más radical expresándose en demostraciones públicas en contra de propuestas de la aristocracia inglesa para intervenir a favor del Sur, y de los pronunciamientos de la Primera Internacional apoyando a los estados del norte, de entre los cuales resalta su carta a Lincoln, redactada por Marx.

“Los obreros de Europa tienen la firme convicción de que, del mismo modo que la guerra de la Independencia en América ha dado comienzo a una nueva era de la dominación de la burguesía, la guerra americana contra el esclavismo inaugurará la era de la dominación de la clase obrera. Ellos ven el presagio de esa época venidera en que a Abraham Lincoln, hijo honrado de la clase obrera, le ha tocado la misión de llevar a su país a través de los combates sin precedente por la liberación de una raza esclavizada y la transformación del régimen social”.

Pero, además, Marx reconocía en la clase obrera europea una posición admirable, tomando en cuenta que la Guerra Civil había privado a la industria inglesa del algodón barato cultivado por los esclavos negros del Sur, iniciando así una crisis económica que afectaba en primera instancia a los propios trabajadores ingleses. En un artículo titulado “Una reunión de trabajadores en Londres”, publicado en Die Presse en febrero 2 de 1862, Marx sostiene que, “la clase trabajadora está… completamente consiente de que el gobierno está esperando un grito de intervención desde abajo para poner fin al bloqueo americano y a los apuros de Inglaterra. Bajo estas circunstancias, la obstinación con la que la clase trabajadora mantiene su silencio, o lo rompe sólo para levantar su voz en contra de la intervención y a favor de los EE.UU., es admirable”.

Lo económico estructural

Sobre esta dimensión, dos puntos resultan fundamentales para entender la lectura de Marx sobre la esclavitud:

  1. La importancia de la esclavitud como pilar de la economía e industria capitalista del siglo XIX.
  2. La encrucijada de la Guerra Civil Americana para decidir el futuro del capitalismo mundial, pudiendo darse también una victoria del Sur y una transformación de las relaciones de producción en todo el mundo.

Claramente la clase obrera inglesa fue capaz de ver más allá de sus intereses materiales más inmediatos, al apoyar la abolición de una institución que en los hechos la beneficiaba, al trasladar la peor explotación a hombres de otro color. Y sobre esto, Marx reconocía el papel de la esclavitud en el proceso de acumulación originaria del capital. En una carta a Pavel Annenkov en diciembre de 1846, Marx explicaba que, “La esclavitud directa es un pivote de nuestro industrialismo actual, lo mismo que las máquinas, el crédito, etc. Sin la esclavitud, no habría algodón, y sin algodón, no habría industria moderna. Es la esclavitud lo que ha dado valor a las colonias, son las colonias lo que ha creado el comercio mundial, y el comercio mundial es la condición necesaria de la gran industria mecanizada. (…) Sin la esclavitud, Norteamérica, el país más desarrollado, se transformaría en país patriarcal. Si se borra a Norteamérica del mapa del mundo, tendremos la anarquía, la decadencia absoluta del comercio y de la civilización modernas. Pero hacer desaparecer la esclavitud equivaldría a borrar a Norteamérica del mapa del mundo. La esclavitud es una categoría económica y por eso se observa en cada nación desde que el mundo es mundo. Los pueblos modernos sólo han sabido disfrazar la esclavitud en sus propios países e importarla al nuevo mundo”.

Este frío análisis es claramente de naturaleza académica, y no un consentimiento de esta macabra pero fundamental institución en el capitalismo temprano. Unos años más tarde, en un artículo para el Tribune escrito el 14 de octubre de 1861, Marx sostendría su teoría sobre la esclavitud como una categoría económica de suma importancia, pero añadiría su posición personal al respecto al calificarla, además, como “monstruosa”.

“La industria moderna inglesa, en general, dependió de dos pivotes igualmente monstruosos. El primero es la patata como único medio para alimentar a Irlanda y a una gran parte de la clase trabajadora inglesa. Este pivote fue desplazado por la enfermedad de la patata y la subsecuente catástrofe irlandesa (…) El segundo pivote de la industria inglesa es el algodón cultivado por esclavos desde los EE.UU. (…) Mientras las manufacturas de algodón inglesas dependan de algodón cultivado por esclavos, sería verdadero acertar que estas descansan en una doble esclavitud, la esclavitud indirecta del hombre blanco de Inglaterra y la esclavitud directa del hombre negro en el otro lado del Atlántico”.

Por lo tanto, la Guerra Civil tenía un contenido altamente revolucionario para la economía mundial al modificar la estructura de la producción de materias primas y, por lo tanto, de toda la industria. Tal transformación no era resultado de una evolución natural de las cosas y si el resultado de la guerra hubiera estado a favor del Sur, el mundo de hoy sería radicalmente diferente.

Marx notaba eso cuando advertía que en realidad los estados del Sur no querían sólo perpetuar la esclavitud en su territorio, sino extenderla y consolidarla como una fuerza productiva, reestructurando así el capitalismo mundial.

En una carta a Engels fechada un 1 de julio de 1861, Marx deduce que en caso de que el Sur triunfara, “lo que tendría lugar, no sería una disolución de la Unión sino una reorganización de ella, una reorganización sobre las bases de la esclavitud, bajo el control reconocido de una oligarquía esclavista. El resultado sería una nueva forma de capitalismo, abiertamente estructurada sobre líneas étnicas y raciales, donde los blancos inmigrantes se unirían a los negros en el fondo”

Por todo esto, la Guerra Civil en EE.UU. tenía no sólo un carácter progresista, sino también revolucionario. De ahí que el Anderson se refiera a este acontecimiento como una “segunda revolución americana”, de una relevancia histórica aún mayor que la Guerra de Independencia de los EE.UU.

Adopción de una posición radical y militante

Es por lo anterior que la actitud del proletariado europeo y Marx resultan admirable y lucida. Como nota Anderson: “La fuerte posición abolicionista de Marx no era compartida por todos los socialistas, tal como puede verse en las actitudes de los emigrados alemanes de los EE.UU. En 1840, algunos como Hermann Kriege se oponían abiertamente a los abolicionistas, mientras que otros como Wilhelm Weitling guardaban silencio respecto al asunto de la esclavitud”

Ni siquiera pensadores y líderes de la clase obrera de la talla de Lasalle eran tan progresistas como Marx en aquellos tiempos. En una carta de mayo de 1862, Marx se quejaba a Engels de Lasalle, quién lo acompañaba por unos días en Londres y quien parecía ser totalmente indiferente a la guerra que se peleaba en América. “Respecto a América, es completamente desinteresado. “Los Yankees no tienen ideas”, “La libertad individual es sólo una idea negativa”, y otras viejas, decadentes y especulativas estupideces de la misma clase”, apuntaba Marx sobre su colega socialista.

La esclavitud era vista como algo muy natural por muchos, incluyendo a intelectuales de izquierda. Marx comprendió que la abolición de relaciones de producción como esas era fundamental para acercarse más hacia el socialismo (Marx dijo en alguna parte que la emancipación del trabajador blanco dependía de la emancipación del esclavo negro), y aunque se tuvo que esperar otros 150 años para que un Malcolm X, un Martin Luther King o un Mohamed Alí igualaran los derechos civiles y políticos de los negros en EE.UU. con los de los blancos, y estos pasen a formar parte de las clases dominantes (hoy en EE.UU. también los negros pueden ser millonarios, súper estrellas, políticos, etc.) la posición de Marx resulta una posición de vanguardia.

La discriminación racial aún persiste en todo el mundo, pero de formas muy sutiles y limitada a los estratos más bajos de nuestras sociedades. En Bolivia, por otro lado, se puede decir que los avances son en realidad muy recientes. A principios de este siglo un presidente indígena resultaba algo aún muy lejano para muchos, a no ser para locos soñadores como Eduardo Galeano, quien en 1999, en su libro “Patas Arriba” escribió, en el último capítulo, que se trataba de un sueño que el siglo XXI debía cumplir.

El reciente empoderamiento de los indígenas no es atribuible sólo al actual proceso de cambio, y parece ser más el resultado de una acumulación política, económica y social sustentada por luchas emancipadoras (levantamientos de inicios de este siglo), corrientes intelectuales (katarismo), políticas desde el Estado (Participación Popular, reforma constitucional del 93, etc.) y un empoderamiento económico (surgimiento de clases adineradas de piel cobriza).

Aún con todo esto, habría que ver si este mismo proceso de cambio logra consolidar el empoderamiento político de los indígenas, así como su empoderamiento económico; y las clases altas de este país también sean de piel morena y pautas culturales diferentes a las “occidentales”. Pues hasta hace no mucho tiempo, la mayor explotación laboral recaía sobre aquellos apellidados Mamani o Quispe y no se esperaba que personas así sean dueñas de negocios o políticos influyentes.

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