noviembre 24, 2020

Orígenes del movimiento asocianista de los bibliotecarios bolivianos

En el proceso de alcanzar la independencia política de los pueblos, las bibliotecas escriben un capítulo importante de su historia, a partir de sus propias bases: los bibliotecarios. La falta de recursos humanos calificados y profesionales incidió en la calidad del servicio y en la organización técnica de las bibliotecas, pero motivó formas de organización alternativas, surgidas de las bases mismas del trabajo bibliotecario que buscaron agremiarse para impulsar diversas iniciativas en ese sentido. Varias fueron las estrategias para organizar el colectivo de bibliotecarios en Bolivia. Una veces asumieron la forma de un centro cultural, otras la de una asociación nacional, comités nacionales y asociaciones departamentales.

El Centro Cultural de Bibliotecarios en La Paz

En 1944, en ocasión de la inauguración del flamante edificio de la Biblioteca Municipal de La Paz, se organizó la Exposición del libro Argentino, que derivó en el apoyo de la embajada Argentina, trayendo una misión técnica a cargo de Augusto Raúl Cortázar y Carlos Víctor Penna, para que colaboren en la instalación del nuevo edificio y dirijan la organización técnica de las colecciones, logrando realizar “una proficua y laudable labor”, instalando la donación argentina separada del antiguo fondo de libros o sea alterando el sistema decimal. Es evidente que la obra de Raúl Cortázar y Victor Penna duró muy poco, pues vientos de renovación surgieron desde la base bibliotecaria, aquella a la que los argentinos habían formado. Ciertos detalles de la misión Cortázar-Penna no sobrevivieron a los cambios. Los bibliotecarios dirigidos por el periodista Mario V. Guzmán Galarza, reorganizaron las colecciones y fortalecieron las labores bibliotecarias.

Sorprendentemente, el 7 de septiembre de 1948, aquellops deciden fundar el Centro Cultural de Bibliotecarios “Mariscal Andrés de Santa Cruz”, imbuidos de los ideales del pedagogo belga Adhémar Gehain: “La biblioteca es como un templo donde están depositadas las más bellas lecciones de la experiencia del estudio y de la civilización de los hombres”, [1]

desafío que los bibliotecarios de La Paz decidieron enfrentar, haciendo notar que: “Las bibliotecas deben ser los ansiados faros de la civilización que irradien las luces de la cultura en todas direcciones, y hacia todos los sectores sociales y en especial hacia aquellos que se debaten en el mar furioso de la vida en peligro de naufragar”. [2]

A tiempo de preguntarse “quiénes dceben realizar esa sagrada misión”, exponen los ideales del Centro Cultural: “Son los celosos guardianes y sacerdotes del Templo de la Sabiduría, los bibliotecarios. Son ellos, quiénes deben dar el vigoroso impulso a las actividades de extensión cultural. Venciendo los obstáculos y las indiferencias. Son ellos, como Apóstoles de lo Eterno, quiénes deben acercarse al pueblo y a los hombres a predicar la Fé en la Cultura y el Amor al Libro”. [3]

En su diagnóstico, que sirve como “exposición de motivos”, llaman la atención de la existencia de bibliotecas sin lectores, que “se asemejan a cementerios desolados, donde nunca se allegaron los deudos de aquellos que murieron dejando las herencias más bellas y más útiles a la civilización y a la humanidad toda”. Al ver salas de lectura vacías, estantes repletos de libros sin abrir, exclamaron: “De nada sirve un libro sin lectores. Así también, las bibliotecas son inútiles a la comunidad si ellas no son visitadas por los espíritus inquietos, ansiosos de superación”. [4] Resumiendo la coyuntura política —internacional y nacional [5]— que atravesaba el país en esa época exaltaban el papel del libro y la lectura, afirmando que “darán a los hombres de todo el mundo, de todas las naciones y de todas las razas, el sublime aliento de los dioses para seguir existiendo”.

Los 17 funcionarios de la Biblioteca Municipal, encabezados formalmente por su director, el poeta y escritor Eduardo Lugones, pero comandados por el impetuoso Mario V. Guzmán Galarza, interpretando las necesidades de la población, imbuidos con ese espíritu combativo para llevar lectores a la remozada Biblioteca, determinaron organizar el Centro Cultural de Bibliotecarios “Mariscal Andrés de Santa Cruz” para “dar cumplimiento a la función social de las bibliotecas”. El 15 de septiembre de 1948, dieron posesión a la primera y única directiva, cuidando los detalles que manda el protocolo, nominando como Presidentes Honorarios al Alcalde Municipal, Luis Nardín Rivas y a los concejales municipales, Elodia B. de Lijerón y Gral. José L. Lanza. La directiva fue posesionada el 15 de septiembre en “un interesante y significativo acto literario-musical, realizado en el auditorio de la Biblioteca Municipal.

El centro fue muy activo durante los tres años siguientes. En 1949 dio un nuevo paso fundamental con la publicación de la Revista de la Biblioteca Municipal “Mariscal Andrés de Santa Cruz”, con la pretensión de “hacer obra de buena fe y la finalidad de cooperar al progreso del país”, acudiendo al favor de “los hombres de letras, a los escritores de reconodia labor literaria, a los de avanzada intelelectualidad que piensan y dicen con el acierto de su pluma, ya artífices en el léxico, verdades científicas, orientaciones cabales, sobre problemas sociales, económicos, políticos, educacionales y feministas”, y, ya a tono con sus objetivos institucionales, buscaba “atraer al público lector hacia la Biblioteca “Mariscal Santa Cruz”, convirtiéndola en un verdadero hogar intelectual, donde se rinda culto a las ciencias y las artes, será la mejor obra que realice” (Baldivia, 1949: 17-18).

El primer número de la Revista de la Biblioteca Municipal es digna de colección, pues publica ensayos sobre el pensamiento nacional, de la pluma de connotados escritores de esa época, entre ellos el propio Eduardo Calderón Lugones (Canto de eternidad), y Mario V. Guzmán Galarza (Hace cuatro siglos), acompañados de Ricardo Bustamante y Eloy Salmón (Himno paceño), Vicente Fernández y G. (Un himno para un gran pueblo), Fernando Diez de Medina (Fantasía al modo aymara), Roberto Prudencio (Sentido y proyección del Kollasuyo), Abraham Valdez (Bautista Saavedra, reformador y visionario), Arturo Pizarroso Cuenca (Bonifaz, Rey de los negros) y Guillermo Francovich (Una mística de la tierra). Una segunda sección estaba dedicada a los poetas nacionales, en particular a Franz Tamayo, compila bellas poesías del mismo vate (Adonais), Gregorio Reynolds (En paz y amor), Abel Alarcón (A la ciudad de La Paz), Jaime Mendoza (Illimani), Rosendo Villalobos (A La Paz). Es interesante observar la tercera sección que fue asumida íntegramente por los miembros del Centro Cultural: “Aida Alipaz Alcázar: La Paz en el IV Centenario de su fundación y el libro; Alberto Olmos Ramírez: Un año más; Mario V. Guzmán Galarza: Navidad Paceña; Irma Mercado García: El trabajo y las bibliotecas; Jaime Flores Sánchez: Don Antonio Díaz Villamil; Isaldina Ayala Ugarte: La mujer”. [6]

Finalmente, cierra la edición, una cuarta sección destinada a difundir noticias bibliotecarias, con un artículo introductorio de Julio Antonio Bustillos (Fin y objeto de las Bibliotecas), dando a conocer “las bibliotecas y sus reparticiones”, “Bibliotecas vecinales”, Reorganización de la Biblioteca Municipal”, y “Notas bibliográficas”, de nuevas donaciones y adquisiciones. [7]

La Biblioteca alcanzó a publicar tres ediciones de su revista, que desapareció al igual que el Centro Cultural “Mariscal Andrés de Santa Cruz”, que interpeló la indiferencia de la sociedad, reticente a aproximarse a los libros, volcando su mirada, por esa razón, a los niños y jóvenes y a los obreros. La pequeña oligarquía paceña no necesitaba de la Biblioteca Municipal, pues al interior de sus acogedores hogares, contaba con muy bien dotadas bibliotecas particulares.

La Asociación de Bibliotecarios de Chuquisaca

Diez años más tarde, en 1959, “un amplio movimiento de organización profesional bibliotecaria (sic) que se lleva a cabo en toda América Latina”, motivó la fundación de la primera Asociación Boliviana de Bibliotecarios, que convocó a una Asamblea General de los Bibliotecarios, el 8 de diciembre de ese año, bajo cuyo mandato se organizó la Asociación de Bibliotecarios de Chuquisaca (1960), presidida por Gunnar Mendoza, [8] aglutinando a la Biblioteca Nacional, Biblioteca Central de la Universidad, Bibliotecas de las Facultades de Derecho, Ciencias Médicas y Ciencias Económicas; Biblioteca Municipal; Biblioteca de la Escuela Nacional de Maestros, Instituto de Investigaciones Pedagógicas, Corte Suprema de Justicia, Instituto Médico Sucre, Instituto de Sociología Boliviana, Centro Boliviano Americano, y Escuela de Idiomas (Mendoza, 2005, T. IV: 512).

La Asociación se guió en dos objetivos: “incrementar la actividad de las bibliotecas y dignificar la función de los bibliotecarios”, presentando su presidente un crudo diagnóstico de la realidad bibliotecaria en Bolivia:

“El Estado y el pueblo creen todavía que la función del bibliotecario es algo superfluo o mínimo y que cualquier persona puede ser bibliotecario. Lamentable error. El Estado y el pueblo tienen que comprender y valorar exactamente la función del bibliotecario. Ella es una función social específica, una profesión que exige todos y cada uno de los requisitos comunes e imprescindibles en toda profesión: aptitud vocacional, conocimientos especializados, teóricos y prácticos: idoneidad comprobada, en suma”
 (Mendoza, 2005, T. IV: 514).

Ese ideario fue expresado en la Declaración de Principios de la Asociación de Bibliotecarios, en 1971, en la que muestra los tres niveles de acción libresca: el libro, la biblioteca y el bibliotecario. La ABCh tuvo vida orgánica hasta 1982, año en que presentó una “Compilación de disposiciones legales de la República de Bolivia sobre Bibliotecas y cuestiones afines, 1825-1982”, al III Congreso Nacional de Bibliotecas, paso previo para la aprobación del Estatuto del Sistema Bibliotecario de la República de Bolivia, para lo cual, además, preparó un proyecto sobre la “Necesidad de un estudio objetivo sobre la situación económica de los bibliotecarios de Bolivia, incluyendo como punto de partida un censo de bibliotecas y bibliotecarios” (Mendoza, 2005, T. IV: 701, 719).

Declaración de Principios [del Bibliotecario]

El libro


1.    El libro es el instrumento específico de producción, adquisición y difusión de la cultura por medio de la palabra escrita. La cultura es el sistema de ideas, sentimientos y actitudes que orientan la marcha del hombre por la existencia individual y colectiva. En consecuencia, el libro es un recurso esencial para la investigación, la profesionalización, la recreación, la información, la concreción de la conciencia de un individuo y de una sociedad sobre sus derechos y sus obligaciones.

2.    El uso del libro no es un privilegio de minorías sino un derecho cultural y una obligación cultural de la persona humana.

3.    El libro que refleja las ideas, sentimientos y actitudes particulares, o sea la cultura de un pueblo en particular, forma parte del patrimonio cultural de ese pueblo en particular, y su producción, difusión y conservación deben merecer una atención preferente del Estado y la sociedad de dicho pueblo. El libro boliviano debe merecer una atención preferente por parte del bibliotecario boliviano.

4.    El libro que ha dejado de ser útil para las necesidades inmediatas de una sociedad, no ha perdido por ello su valor como testigo de la experiencia cultural de dicha sociedad, y, en consecuencia, debe ser preservado.


La biblioteca

5.    La biblioteca es el dispositivo institucional previsto para lograr el pleno aprovechamiento del libro por medio de su accesibilidad, su integridad y de su preservación. Confiriendo la máxima accesibilidad, a sus recursos bibliograficos, la biblioteca hace que los usufructuarios puedan buscar y encontrar en ella en forma expedita y autónoma los libros que necesita. Cuidando de la integridad de un libro se logra que éste sufra el menor daño posible garantizando así un servicio completo al usufructuario. Cuidando de la preservación de un libro se logra que éste pueda prestar un servicio permanente.

6.    Ninguna biblioteca tiene significación por sí sola sino como parte del sistema bibliotecario de una sociedad, y por sus propósitos específicos deben ser delimitados de acuerdo al tipo de servicio que le corresponde en cordinación con las demás bibliotecas del sistema.

7.    La delimitación del alcance del servicio de una biblioteca debe coordinarse con las demás de una comunidad en forma tal que se obtenga el máximo resultado con el menor gasto y el menor esfuerzo. Esto no puede conseguirse si las bibliotecas no están integradas dentro de un sistema, y si este sistema no está ajustado por una política bibliotecaria que consulte la situación histórica del pueblo al que sirve.

8.    Nadie puede exigir que una biblioteca cumpla satisfactoriamente su función específica si las autoridades responsables no ponen a su disposición los medios necesarios, y si la sociedad a la que sirve no le presta su apoyo para ello. Los medios necesarios mínimos que una biblioteca requiere para dar un buen servicio son un local, un equipo, un personal, un presupuesto adecuado para garantizar el incremento, la accesibilidad, la integridad, la preservación de los recursos bibliográficos, así como el trabajo y el bienestar del personal y de los usufructuarios.

9.    Una biblioteca es un bien inapreciable del patrimonio cultural de un pueblo, y debe ser protegida por el Estado y la sociedad contra todos los factores de destrucción y de desintegración que la amenacen.


El bibliotecario

10. El bibliotecario es la clave que hace posible el uso adecuado del libro en la biblioteca. Sin el bibliotecario la biblioteca no puede prestar el servicio que de ella se espera.

11. El bibliotecario tiene el deber de cumplir esta función con toda la eficacia posible y el derecho de recibir por ello una justa retribución económica.

12. El bibliotecario tiene el deber de ponerse a la altura de su responsabilidad social, y el derecho de contar con la consideración y el apoyo de la sociedad para hacer frente a esa responsabilidad.

13. El bibliotecario tiene el deber de procurar una máxima capacidad profesional permanentemente, y tiene el derecho de que el Estado y la sociedad le faciliten los medios para ello.

14. El bibliotecario tiene el deber y el derecho de participar en el planteamiento del sistema bibliotecario y de la política bibliotecaria de la sociedad a la que sirve.

15. El bibliotecario tiene el deber y el derecho de extender cada vez más los beneficios del libro y de la biblioteca en la sociedad en la que sirve.

16. El bibliotecario tiene el deber y el derecho de constituir una fuerza de presión responsable sobre el Estado y sobre la sociedad para obtener todos los medios de llevar a cabo plenamente su función integrándose en organizaciones profesionales de alcance local, nacional e internacional, y relacionándose con otras organizaciones. Sucre, marzo 20, 1971

    (Mendoza, 2005, T. IV: 525-527).


El deasarrollo actual alcanzado por la Bibliotecología boliviana, tiene una deuda social con el movimiento bibliotecario que en su interés de formar asociaciones de bibliotecarios, con auge en las décadas del 60 y 70, impulsó iniciativas que buscaban fortalecer el desarrollo de las bibliotecas pero sobre todo, la capacitación adecuada del personal de las bibliotecas.


*    Magíster Scientiarium. Docente titular de la UMSA. Director de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional.

1.    Revista de la Biblioteca Municipal: 79.

2.    Ibidem.

3.    Ibidem.

4.    Ibidem.

5.    El mundo salía de la II Guerra Mundial que sumió en la pobreza a los países de economías monoproductoras, y Bolivia experimentaba los prolegómenos de una revolución social que pronto sepultaría al viejo régimen feudal, imponiendo el capitalismo de Estado que se prolongaría desde 1952 hasta 1985.

6.    Revista de la Biblioteca Municipal.

7.    Ibid: 95-98.

8.    Presidente, Gunnar Mendoza (Biblioteca Nacional de Bolivia), Vicepresidenta, Agar Peñaranda; Secretario de Relaciones, Hugo Montellano; Secretario de Prensa y Propaganda, Carlos Castañón Barrientos (todos de la Biblioteca de la Facultad de Derecho), Secretaria de Hacienda, Isabel Amalia Chopitea y Secretario Suplente, Miguel Saucedo (ambos de la Biblioteca Nacional de Bolivia).

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