noviembre 24, 2020

Cumbia

por: Pepe Quiba

Esto podría bien no haber sucedido. El lector lo encontrará difícil de creer. Pero sucedió y sucedió en esta misma ciudad, en una de sus calles más viejas y bonitas: la Jaén. Si el lector piensa que iniciaré mi relato desde uno de los bares que abundan por aquellos rincones, el lector está en lo cierto…

Fue el viernes de la semana pasada. El frio aún no se sentía como en estos días. De todos modos, quería un ambiente cálido y amigable, así que entré a aquel bar que está bajando las gradas detrás de la cruz verde. Sí, ya saben de qué bar estoy hablando… Estaba sentado en la barra, solo. Ordené una cerveza y comencé a esperar a mi compañero de chupas, el Chiqui.

Pero Chiqui no llegaba. Y a pesar de que el lugar es pequeño y repleto, no había nadie con quien entablar conversación. Entonces la vi entrar… bajita, sin mucha ropa, con una bufanda desgasta por el polvo, algo apresurada, muy segura de sí misma a pesar de las miradas curiosas de hombres y mujeres que la seguían con disimulado desinterés.

Y se sentó a mi lado. Yo, aún algo estupefacto por lo que mis ojos veían, solamente me hice a un lado y continúe fumando. No le pregunté su nombre porque no pensé que era posible conseguir una respuesta de aquella perrita inocente. Sí, era una perrita, con cuatro patas y una cola que se movía con inusual entusiasmo. Era, después de todo, una perrita en un bar de humanos. Aunque no es como si los perros tuvieran muchos pubs para distraerse al final de la semana.

De todos modos… aunque me vino la idea de acariciarle la cabeza e invitarle un trago, decidí mantener mi distancia para no ahuyentarla. Tenerla cerca, me pareció, podría atraer un par de chicas curiosas que me preguntarían si era mío aquel simpático can. Yo diría que no, pero ya que estaban a mi lado podría costear un par de cervezas más a cambio de una conversación interesante. O cualquier tipo de conversación. Cuando estas sólo en un bar no puedes ser muy exigente…

Pero nadie se acercó. Ella continuaba sentada a mi lado como esperando a que el bar tender la atendiera. Pero el bar tender simplemente sonreía y preparaba más tragos, como tratando de no matarse de risa por la extraña visita.

Los minutos pasaron y los clientes continuaron embriagándose, dándole cada vez menos atención a la lobita que estaba a mi lado. Yo, algo aburrido, le pregunté qué estaba haciendo allí. Y entonces sucedió, la perrita habló.

“Llegue hace un par de días a La Paz, estuve de viaje… vine desde Colombia”. Miré mi cerveza, sacudí mi cabeza. Encendí otro cigarrillo. Miré hacia los lados, y noté que nadie estaba atento a lo que estaba sucediendo.

“¿Disculpa?”, le respondí.

Ella llevó sus orejas hacia atrás mientras se reía muy delicadamente. “¿Qué pasa?”, ¿nunca habías oído a un perro hablar antes?”, me respondió.

Si había oído hablar a un perro antes. Lo hacía desde que tengo 15 años. Aunque sin palabras, siempre supe lo que Oso quería decirme cuando estaba molesto o feliz… pero no con palabras. Es decir, no con vocales y consonantes. De hecho, no es posible que un perro hable debido a que ellos no tienen labios capaces de articular sonidos. Pero, a pesar de las leyes de la física y de la biología, aquella perrita estaba hablando.

Sólo había tomado un par de tragos. No era posible estar ebrio con un par de tragos. No había fumado nada más que tabaco. Ni siquiera había comido. Tal vez era eso. “No he comido”, me dije a mi mismo. Pero no había explicación posible. La perrita estaba hablando y yo oía sin escuchar.

¡Incrédulo! ¡Escéptico! ¡Boquiabierto! Y lo peor, ¡ella no se callaba! En menos de cinco minutos me contó acerca de cómo había llegado a La Paz, lo fácil que es pasar por las fronteras, lo amable que es la gente, el frío del altiplano, lo surrealista del paisaje…

Bueno, “si he de estar alucinando, voy a disfrutarlo”. Eso me dije a mi mismo. Así que escuche todo lo que ella decía.

Y así, terminamos hablando de comida, de sexo, de casi todo menos de dinero. A lo perros no les hace falta dinero. Incluso la chalina que tenía en el cuello no había tenido costo alguno. Se la regaló una señora en El Alto.

– “Me gusta viajar, de hecho lo hago desde que soy una cachorra”.

“¿Qué te trae por Bolivia?”, le pregunté.

“No sé, la visita del Papa… ja, ja, ja”.

“No, la verdad vengo acá sólo de paso. En realidad quiero ir a la Tierra de Fuego, de ahí me voy hacia Europa, quiero ir a Francia. Tengo una prima allá…”

“¿Cómo te llamas?”, interrumpí en medio de su charla.

“Cumbia”, me respondió. “Me llamó así un viajero de mi tierra que me cuidó mis primeros meses”. Lo último que supe de él es que se enamoró y se fue a Estado Unidos”

Entonces solté la lengua, y solté todas mis preocupaciones, miedos, envidias, problemas….

“La verdad es que a mí también me gustaría viajar… de hecho me gustaría irme a cualquier lugar… cualquiera menos este… ya estoy harto, harto de los poseros de izquierda, de los arribistas más progresistas que tiene por ofrecer este magno tiempo de revoluciones… todos con los mismos prejuicios, con las mismas ambiciones, Dios… no sé para qué me molesto…”

Noté que ella estaba mirando al frente, pero seguí…

“Y la oposición, que no parece más que un enano tratando de llamar la atención del Tataque Quisbert desde el medio de una marcha de protesta… totalmente insignificante… y no es como si ellos me agradaran, pero es que simplemente esta mediocridad de todos los lados me tiene nauseabundo”…

“Y estos panaderos que han subido el precio hasta de la marraqueta.. De hecho nos dejaron sin marraqueta bajo el brazo y hasta las maternidades estaban preocupadas. ¿A qué clase de mundo estaban trayendo a sus bebes, sin marraquetas, sin esperanza?”, proseguí…

“Y esas cebras… de todos los personajes que me caían bien las cebras eran las mejores, pero no faltan los revolucionarios más radicales que las acusan de ser la expresión del neocoloialismo más rampante desde la llega de Green Lee y la salida de Goldberg”.

Pero ella ya no estaba, se había ido. Y fue así como terminé perdiéndome una de las conversaciones más interesantes que pudieron haberle ocurrido a persona alguna en esta fría ciudad. Para eso hablaba conmigo mismo todo el rato nomás… o tal vez lo hice…

Nuevamente, estaba solo frente a la barra. El bar tender ya estaba avisando que se acabó la cerveza y que sólo quedaba vino. Tomé mis cosas y me fui.

Me acordaré Cumbia cada vez que vaya a ese bar, y usted, querido lector, tenga la amabilidad de avisarme si es que llega a toparse con ella en alguna ocasión…


* Pepe Quiba no existe.

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